No nos engañemos: seguramente tengas un sistema de ahorro bastante simple que funciona básicamente con dos cuentas. La primera es la cuenta principal, la que usas normalmente para sacar efectivo y hacer frente a gastos cotidianos como alimentos o transporte. La segunda cuenta es como un escondite secreto que utilizas para compras grandes, principalmente para cuando te vas de viaje o por si acaso algún día se te rompe el ordenador.

##La maldición de la contabilidad mental

Dicho de otro modo, la contabilidad mental es la organización cognitiva y subjetiva del dinero en diferentes “cuentas”. Así es como tu cerebro (sea consciente de ello o no) trata tu dinero dependiendo de su procedencia o del uso previsto para el mismo.

Puede que tengas una cuenta para salir o para ocio, una de necesidades básicas o una para pagar el alquiler. Si alguna vez has racionalizado el gasto de tu dinero, pongamos que gastando más en el menú de un restaurante con estrella Michelín que en comprar comida en el supermercado, has practicado la contabilidad mental.

El origen del concepto ‘contabilidad mental’

«La gente de verdad tiene grandes problemas para mantener el equilibrio de sus cuentas, y muchos más para calcular cuánto necesitan para su jubilación: a veces se dan atracones de comida, bebida o televisiones de alta definición. Nos parecemos más a Homer Simpson que al Sr. Spock.»

El término fue utilizado por primera vez en un estudio realizado por el economista del comportamiento Richard Thaler en 1999. Se propuso comprender mejor la psicología que había detrás de la elección del consumidor. En su famoso experimento, encuestó a un grupo de personas sobre una salida al cine:

Imagina que decides ir al cine y pagas 10 € por la entrada. Al entrar te das cuenta de que has perdido la entrada. Los asientos no están asignados y no puedes pedir el reembolso. ¿Pagarías otra vez 10 € por una nueva entrada? Solo el 46 % de los encuestados dijo que lo harían; pero cuando Thaler reformuló la pregunta, el resultado fue completamente diferente.

Imagina que has decidido ir al cine y la entrada cuesta 10 €. Al entrar al cine te das cuenta de que has perdido un billete de 10 €. ¿Pagarías los 10 € de entrada para ir al cine? El 88 % contestó que lo harían.

Objetivamente, en estas dos situaciones ocurre exactamente lo mismo: has perdido 10 € antes de ver la película. Pero así no organizamos nuestros gastos. Thaler no tardó en teorizar: dividimos nuestros gastos en diferentes presupuestos, cada uno de ellos cubre una necesidad o deseo.

En la primera situación ya te has gastado el presupuesto para ir al cine, con lo cual gastar 20 € es algo inimaginable. Sin embargo, en el segundo caso, los 10 € se categorizan como gasto general. No te has gastado esa cantidad en ver la película, simplemente se han perdido. Parece algo ilógico o irrelevante, pero eso lo cambia todo.

No tomamos decisiones financieras lógicas

La decisión lógica en ambos casos hubiera sido volver a casa con las manos en los bolsillos a ver la televisión, dándote cuenta de que ya has gastado el dinero que tenías previsto gastar en la película.

Damos por hecho que tenemos control a prueba de balas sobre nuestra riqueza y su valor, tanto actual como potencial. Los economistas del comportamiento tardaron poco en darse cuenta de que realmente no era así; muchas veces tomamos decisiones financieras tópicas (individuales).

Thaler, en su estudio de 1999, citó un estudio de Kahneman y Tversky. En él, preguntaban a los encuestados si realizarían un trayecto de 20 minutos cruzando la ciudad para ahorrarse 5 € en una calculadora que cuesta 15 €, o para ahorrarse 5 € en un abrigo que cuesta 125 €. Sorprendentemente, muchas personas contestaron que estarían dispuestas a hacerlo para comprar la calculadora pero no para la chaqueta.

Esto sucede debido al fenómeno de los marcos. En esencia, se trata de que observamos las compras de forma individual y no en conjunto. Consideramos que los 5 € ahorrados en la compra de 125 € es calderilla, y esto demuestra que no basamos nuestras decisiones en el valor absoluto.

Este mismo fenómeno ocurre cuando derrochas dinero en tus vacaciones o en los viajes de negocio en ciudades caras. ¿Qué más da unos euros de más si llevas meses ahorrando? No mucho, la verdad. De todas formas, las decisiones de la vida real no son exactamente como la situación que hemos planteado con la entrada de cine. Tendemos a enmarcar cada gasto en relación a lo que ganamos después de pagarlo. Por eso la calculadora resultaba un trato más justo.

Si alguna vez te estabas muriendo de sed frente a una máquina de refrescos en un caluroso día de verano, con un euro en el bolsillo, seguro que pensaste:  “Tengo sed, compro un refresco, ya no tengo sed; la hidratación gana”.

Otro de los estudios de Thaler ilustra este concepto a la perfección. Preguntó a la gente si pagaría más por una cerveza en un resort o en una tienda. No le sorprendió que la gente estuviera dispuesta a pagar más por una cerveza en el resort que en la tienda. Mismo resultado; diferentes contextos.

¿Qué nos dice esto sobre cómo gastamos el dinero?

Aunque sería fácil sacar conclusiones rápidas sobre nuestro comportamiento (y ha habido muchas con resultados cuestionables) deberíamos tener en cuenta lo siguiente: todos somos diferentes.

Está claro que entender el comportamiento de la contabilidad mental sigue siendo útil desde un punto de vista de concienciación. Como, por ejemplo, en la situación del resort; siempre puedes dar un paso atrás y visualizar la situación completa. ¿Estoy comprando algo porque realmente lo quiero? ¿O estoy haciendo malabares con el presupuesto para poder pagar el valor que le han añadido a esta compra?

Es reconfortante saber que hasta las personas más racionales son susceptibles de cometer errores con la contabilidad mental. La manera más sencilla de superar esto es siendo práctico; todos derrochamos o hacemos compras esporádicas de vez en cuando, con lo que la manera más efectiva de gastar menos es limitando nuestro acceso a dicho dinero. Para ello, deberíamos configurar la segunda cuenta y darnos una cantidad fija de dinero para gastar espontáneamente cada mes.


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Por N26

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